Cuando preguntas a alguien por los momentos emocionantes en el deporte, siempre se les escapa incluir el ciclismo en su lista por alguna razón desconocida. Incluso los ciclistas más ávidos probablemente citarán algún partido de fútbol en lugar de la victoria de Mathieu van der Poel en la Amstel Gold Race 2019, el brutal ataque de Tadej Pogačar en la etapa 8 del Tour de Francia de 2021 o lo que hizo Greg Lemond en el Tour 89.

Ningún otro deporte ha producido tanto dramatismo como el ciclismo en el último siglo. Para cualquier ataque devastador que exalte al público, una docena de contraataques nucleares dejan a los espectadores gritando aún más. Para cualquier subida monstruosa, hay otros tantos descensos de infarto. Para cualquier escapada épica, hay cinco remontadas para atraparlos. Y aunque muchos de estos momentos están llenos de rabia, decepción y lágrimas, hay otras tantas historias que son un símbolo de superación de las dificultades, las probabilidades e incluso el destino. Sin embargo, sólo uno de esos momentos ha sido calificado como “la mayor remontada de la historia del ciclismo”.

Greg LeMond in 1989
Lemond en la etapa 16 del Tour 1989 Tour. © Profimedia


El juego del gato y el ratón

23 de julio de 1989. La 76ª edición del Tour de Francia estaba lista para terminar. Sólo quedaba una etapa: una contrarreloj individual de 24,5 km desde Versalles hasta los emblemáticos Campos Elíseos. Todo el Tour fue un thriller continuo en el que Greg Lemond y Laurent Fignon acapararon constantemente el protagonismo. Fue un baile glorioso entre estas dos potencias, y fue el estadounidense el primero en tomar la delantera tras una fantástica contrarreloj en la quinta etapa. Sin embargo, Fignon estaba a sólo 5 segundos, esperando su oportunidad para hacerse con el maillot amarillo.

El juego del gato y el ratón entre ambos continuó durante las siguientes cinco etapas, ya que LeMond aprovechó el maillot amarillo y rodó a la defensiva, siempre a rueda de Fignon. Sin embargo, en la subida más dura de los Pirineos, el francés tuvo suficiente. Atacó a LeMond a falta de un kilómetro para la meta y le sacó doce segundos de ventaja al estadounidense. El maillot amarillo era de Fignon por primera vez en este Tour, con una ventaja de 7 segundos sobre LeMond.

Otras cinco etapas más tarde, en las laderas de los Alpes, Le,ond volvió a hacerse con el maillot amarillo, para perderlo dos etapas más tarde en la legendaria subida del Alpe d’Huez. El francés tenía una ventaja de 26 segundos, pero casi la duplicó hasta los 50 segundos en las tres etapas siguientes.

El 23 de julio de 1989, sólo quedaba una etapa. Fignon tenía 50 segundos sobre Lemond y estaba bastante seguro de que eran suficientes para la contrarreloj individual de 24,5 km.

Dos años antes

Greg LeMond no era un novato. Tenía en su haber un Campeonato del Mundo UCI en 1983 y una victoria en el Tour de Francia en 1986. Sin embargo, en abril de 1987, mientras se recuperaba de una lesión en la muñeca, Lemond fue a cazar al rancho de su tío en California. El ciclista se separó de sus compañeros, y cuando su cuñado vio un movimiento detrás de un arbusto cercano, disparó. Por desgracia, en el otro extremo estaba Greg. Aproximadamente 60 perdigones impactaron en la espalda y el costado derecho de Lemond. El ciclista fue trasladado al hospital, donde llegó con el 65% de su sangre ya drenada. Veinte minutos separaron a Greg de una muerte segura. Tras una larga operación que le salvó la vida, Lemond volvió a la vida, aunque 35 perdigones quedaron para siempre en su cuerpo.

Un año después, Greg estaba listo para volver a las carreras, pero su dedicación se volvió en su contra. Debido a un exceso de entrenamiento, desarrolló una tendinitis en la pierna derecha, que le llevó a una nueva operación. Todo apuntaba a que los mejores días de Greg sobre las dos ruedas habían quedado lejos.

Una carrera para recoradar

Estar a 50 segundos en la última etapa del Tour de Francia dos años después de una operación a vida o muerte es un logro notable por sí mismo, especialmente cuando se compite con un ciclista de la talla de Laurent Fignon. Sin embargo, como se hizo evidente con la batalla por su vida, Lemond nunca fue de los que rehúyen la lucha. Además, con su manillar hecho a medida que le proporcionaba una mejor aerodinámica, el estadounidense estaba seguro de que la carrera estaba lejos de terminar. Necesitaba ganar 50 segundos en 24,5 km. Con esto en mente, LeMond subió la rampa de salida.

5, 4, 3, 2, 1… y LeMond estaba en camino.

Greg LeMond and Laurent Fignon
El juego del gato y el ratón. © Profimedia

 

Dos minutos más tarde, Fignon tomó su lugar en la rampade salida. El parisino se mostraba confiado, sin casco ni manillar aerodinámico. El público está extasiado. Fignon estaba en camino de devolver la victoria del Tour de Francia después de tres largos años de espera.

Lemond era como una locomotora. Alcanzó los 64 km/h en la primera parte del recorrido. El estadounidense nunca perdió el ritmo y, en la meta de los Campos Elíseos, estaba a unos pocos segundos de Delgado, que era tercero en la clasificación general y había salido 2 minutos antes que Lemond. Lo imposible parecía ya bastante alcanzable. Greg cruzó la línea de meta bajo el rugido de la multitud con un impresionante tiempo de 26:57 y una velocidad récord de 54,5 km/h. Se bajó de la bicicleta como si no acabara de recorrer 24 km a un ritmo récord. Sin embargo, había tiempo para derrumbarse, y no era ahora. Fignon estaba a un par de minutos detrás de él, y Greg quería presenciar su triunfo de pie.

Fignon, por su parte, parecía haber perdido el ritmo en la salida, levantándose de su sillín para lanzar la bici. Durante los primeros 10 km, perdió 18 segundos de ventaja. Sin embargo, incluso a este ritmo, el parisino ganaría con 5 segundos de ventaja, aunque la victoria de etapa sería para el estadounidense con la friolera de 45 segundos de margen.

Las cosas no pintaban bien para Lemond, especialmente cuando Fignon entró en la segunda mitad de la etapa y encontró su ritmo. En ese momento, el francés estaba rodando a un ritmo que nunca había logrado antes. Fignon estaba dando lo mejor de sí mismo. Necesitaba un 27.47, y el título era suyo.

Los 10 segundos de la verdad

A 27:37, justo 10 segundos antes de perder el título, Fignon vía la línea de meta. Tenía la cabeza gacha, las piernas le ardían y el público aclamaba a su campeón.

27:38 Fignong miró la línea de meta, que estaba tan cerca, pero tan lejos.

27:40. La señal de los 200 metros quedó atrás mientras el francés se preparaba para su sprint final.

27:41 La bicicleta de Fignon se curvaba hacia la izquierda, como si enfatizara la impotencia del parisino.

27:45 Fignon lo estaba dando todo. Le dolían los músculos, le gritaba el corazón, se le morían las piernas.

27:46 Un segundo y se acabó. El público está exultante, pero aún no tiene el resultado.

27:47. El final estaba aquí. Fignon estaba a menos de 130 metros, pero su tiempo se había agotado. Greg Lemond estalló de alegría. Lo imposible se había hecho realidad.

8 segundos

Fignon terminó sólo 8 segundos después. Ocho segundos que le costaron el título del Tour de Francia. Ocho segundos que crearon la leyenda de Greg Lemond. Lo más sorprendente de este final es que Fignon no se relajó ni se mostró excesivamente confiado. Al contrario. Su velocidad media era de casi 53 km/h, que era el ritmo más rápido de contrarreloj que había hecho nunca. Pero Lemond era simplemente imbatible

Esta victoria de 8 segundos sigue siendo hasta hoy el margen más pequeño por el que se ha decidido el ganador del Tour de Francia.

Todo menos una casualidad

Muchos atribuyen la victoria de Lemond a la superioridad del modelo de bicicleta que hizo posible el, en aquel momento, innovador manillar aerodinámico. Sin embargo, el regreso de Greg no fue ni mucho menos un hecho puntual. Sólo unos meses después, el estadounidense ganó el Mundial. Al año siguiente, regresó al Tour de Francia, para volver a ganarlo, esta vez con un margen mucho mayor.

Lemond pasó a ser una inspiración para muchos. Se convirtió en una sensación, una personificación del espíritu de lucha, del deseo imperecedero de ganar, de la implacable obsesión por el ciclismo, que muchos de nosotros conocemos demasiado bien. Y aunque la mayoría de nosotros nunca conocerá la alegría de ganar el Tour de Francia de primera mano, podemos tomar la lección de Greg Lemond de no rendirse nunca, de no decir nunca, y de luchar siempre por nuestros sueños.