El Tour hace daño. Da igual qué etapa sea. Los ciclistas llegan a la línea de meta con gestos de dolor y cansancio. Raro es el día que las caras no ofrecen alguna mueca de esfuerzo. Si además es después de un día de calor como la etapa 16 y de alta montaña, las caras de algunos son todo un poema.

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La etapa con final en Bagneres de Luchón no tuvo cambios para la general ni grandes ataques. El aficionado común podría pensar que los favoritos para el podio de París se ‘ventilaron’ la jornada y solo la disputaron los 30 ciclistas que iban en fuga. Los Alaphilippe, Yates, Izaguirre y compañía.

Además, como la jornada acabó en descenso, más ‘relax’ todavía. Pues nada más lejos de la realidad. Lo gestos lo dicen todo. Rostros afilados y pómulos que casi transparentan el hueso que hay debajo. Cuerpos afinados al límite para mejorar la relación peso potencia. Delgadez extrema que acentúa aún más la sensación de debilidad y la necesidad de una rápida recuperación.

Solo hace falta ver la cara desencajada de Froome, el resoplido de Alejandro Valverde. la mueca de dolor de Dumuolin, el gesto de Jakob Fulsang o la extrema delgadez de Poels. Entre los escapados, además, la ‘sangre’ de Yates, la sensación de derrota de Mollema, Gesink y Valgren o la mirada perdida de Barguil, que se ‘pegó en todos los puertos de montaña con Alaphilippe.

El Tour es así. Justo cuando acaba el espectáculo el ciclista comienza a pensar en el día siguiente y en cómo reparar los daños que ha sufrido su cuerpo para volver a pedalear 20 horas después con la misma intensidad.



















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