No era la primera vez que había surgido la idea. Pero la ‘locura’ del calendario ciclista nos había obligado a ir posponiéndolo. El coronavirus detuvo todo y sirvió para retomar ese proyecto que había estado aparcado un tiempo. Joseba Beloki, Vitoria, sus carreteras de entrenamiento, las etapas de La Vuelta, su gente y, por qué no, la buena comida alavesa. Así surgió el Campus Joseba Beloki Araba/Álava. 

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Había que poner los medios para que todo funcionase. Lo primero el alojamiento. Un Hotel como el NH Canciller Ayala a un paso del centro, rodeado de parques y con fácil salida ciclista. El vehículo de apoyo, que fue cosa del concesionario Skoda de Belabia Motor, para llevarnos el avituallamiento y con el gran Asur de mecánico para resolver cualquier problema. Y claro está, ciclistas. Esta vez desde Mallorca, Madrid, Guadalajara, Toledo y Vitoria, claro, para formar un grupo de lo más variopinto. No faltaron las pedaladas, pero tampoco las risas y el buen rollo, que era de lo que se trataba. Crear nuestra propia ‘burbuja ciclista’ en la que olvidarnos de todo y centrarnos en dar pedales.

Y como de ciclismo se trataba, pues nada mejor que echar mano de la cultura ciclista vitoriana para la primera cena de bienvenida. Pizzeria Dolomiti, regentada por Paco Galdos, el corredor de Lasarte que en los años 70 iba de podio en podio en el Giro. Que a punto estuvo de vestirse de rosa el último día en Milán y que ganó la etapa del Stelvio.  Una jornada dolomítica tuvo que pensar el bueno de Paco que nos tenía preparada Beloki para el primer día, porque la cantidad de comida de la cena daba para subir el Stelvio media docena de veces.

Lo bueno del primer día es que los manguitos (había 14 grados a las 09.00) solo duraron hasta la base de Zaldiaran, el puerto que es la base de operaciones de casi todos los ciclistas vitorianos. Es pasar Mendizorroza y empezar a subir. Suave, sin más del 7% y durante poco más de seis kilómetros. Perfecto para entrar en calor. Bajada hacia Treviño (que es provincia de Burgos) y a ‘llanear’ en busca del Alto de Abaina. Por que, la verdad, llano, llano, tampoco hay tanto. Repechos y repechos para ir minando la moral antes del avituallamiento de San Vicente de Arana.

Desde allí arrancaba el puerto del día, Opakua. Una subida que por esta vertiente va a saltos. Desniveles escasos pero casi siempre picando hasta la recta de Contrasta. Un kilómetro al 10% que es más visual que duro, pero que asusta con lo que puede venir después. Eso sí, Opakua es benigno. Permite pedalear por dentro de su bosque, coronar sin dificultad y dar casi por terminada la etapa del día. Que en 120 kilómetros sin grande puertos nos daba 1700 metros de desnivel acumulado.

Ese era uno de los conceptos. Hacer hambre y cansarse para que a la noche pudiéramos disfrutar de las tradiciones. Un sitio ideal está en Askarza, en mitad de la montaña, en la Sidrería Treviño. Para el que no lo conozca el menú de sidrería consiste en barra libre de sidra (de varios tipos), chorizos para picar y luego tortilla de bacalao, bacalao al pil pil, chuletón y de postre queso, membrillo, nueces, café, algún dulce típico y pacharán. No hay nutricionista ciclista que lo recomiende, pero, que más da. Estábamos para disfrutar, no?

La segunda etapa estaba dedicada a La Vuelta. No solo a la edición de 2020, sino a la Historia, con mayúsculas, de la carrera española. El eje central era el puerto de Orduña, un clásico de los años 70 y donde se ‘pegaban’ Ocaña y Eddy Merckx. Para este 2020 vuelve al recorrido en la etapa 7ª el martes 27 de octubre en un trazado que ha diseñado el propio Joseba.

Nuestro menú era similar. Salida desde Vitoria, repechos entre bosques hasta Murguía, el pueblo de Mikel Landa, y vistas inmejorables de Orduña desde el alto de la Barrerilla, que solo lo bajamos. Eso sí, Orduña se hace duro. Mucho. Para el que no lo conozca son casi nueve kilómetros, de los más largos del País Vasco, y con desniveles siempre por encima del 8% y tramos de hasta el 12%. Sin rampones del 18%, pero constante, mantenido, perfecto para hacer distancias en carrera.

A nosotros nos sirvió para dejar definitivamente el último bocado de queso Idiazábal con membrillo de la sidrería y abrir hueco para el avituallamiento de la cima. Bajada hacia Espejo y rumbo a Salinas de Añana, uno de esos lugares que merece la pena visitar. Por su historia y por el repecho que tiene a la salida, que es de eso que te hacen de crecer el cuello.

Otros 120 kilómetros y 1.500 metros de desnivel más. Así que por la tarde había que soltar piernas para conocer Vitoria en un dia ‘especial’. En otros circunstancias habría sido de fiesta grande y desmadre. Ambiente había, pero menos. Pero suficiente para que Joseba nos enseñara la parte vieja y medieval de la ciudad. Otro de los alicientes de estos viajes, conocer, aprender, experimentar, ver, descubrir y claro, comer.

Para la última jornada quedaba la versión más light, que ya picaban las piernas. Hacia la zona más verde de Araba, el pantano de Ulibarri-Gamboa. Paisajes de ensueño que no solo nos gustaron a nosotros, sino a todos los cicloturistas alaveses. Grupetas y grupetas rodeando un entorno ideal para el ciclismo. Y que, si te quedas con ganas, siempre puedes tirar dirección a Urkiola.

Para nosotros fue la última estación de un Campus en casa del ‘jefe’. Una despedida de esas que sabes que son solo por un corto espacio de tiempo y que el ciclismo (o la comida) nos va a volver a reunir en cualquier otro lugar.

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