La Vuelta 2019 no ha dado casi ningún día de asueto al pelotón en las 12 etapas que llevamos hasta ahora. Escartín, Giner y Kiko García han diseñado un recorrido sin prácticamente un metro llano y, aunque a veces el grupo de los favoritos quiera ir más tranquilo, tiene que gastar vatios con solo subir repechos. Quizás por eso mediada la Vuelta 2019 ya vemos a los ciclistas más finos de lo normal.

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De media, en una gran vuelta un ciclista suele perder entre dos y tres kilos, pese a los esfuerzos ímprobos para comer todo lo posible para recuperar de cara a la etapa del día siguiente. Una buena vara de medir sería utilizar la foto del día de la presentación y la de la última jornada en Madrid, y compararlas. Esas diferencias se suelen notar sobre todo la última semana, cuando ves a los ciclistas ‘casi transparentes’, con la piel pegada al hueso, saltándose el obligatorio paso por el músculo. Venas, piel y hueso.

Por es en la etapa 12, que acabó en Bilbao, solo mediada La Vuelta, se hace extraño ver tantos ojos hundidos y culottes que bailan en el cuerpo del ciclista, pese a que estén hechos con lycra y ajusten al máximo. Algunos han perdido ya una talla y tiene que echar mano de fondo de armario del equipo. Otros, que ya no tienen más pequeñas, ven como cada día el culotte se vuelve más grande y el músculo de la pierna más pequeño. Las bocamangas del maillot se hacen tan grandes que aletean.

Pero eso es cosa de los líderes, los que se juegan la carrera y quieren ganar. Que deben estar finos para subir rápido los puertos, pero el resto no. Falso. Ya solo para entrar dentro de control en cada etapa hay que llegar al límite y afinar al máximo. Te puede pasar lo que a Tim Declercq, quizás el mejor gregario llaneador del pelotón. Mide 1,90 y su cuerpo es una fila de huesos. Ni una décima de gramo de grasa. No solo le sirve para rodar a 50 por hora y lanzar al pelotón, sino para subir al ritmo de los mejores de la escapada los repechos de Urruztimendi y El Vivero y ayudar a su compañero Philippe Gilbert a ganar la etapa de Bilbao.

A Valverde, con 39 años, como se encarga de repetir cada vez que le preguntan, su extrema delgadez por ahora le da par ir segundo de la general y hacer soñar a la afición. Está más fino que nunca y se ve hasta por la tele. En directo aún más. Pómulos marcados, venas por los gemelos y abrigado con el maillot largo cada ve que termina la etapa. Fue uno de los que acabó con hipotermia en la granizada de Andorra. Señal de que no hay grasa para dar calor.

Higuita, que debuta en esta Vuelta con solo 22 años, no llega al 1,65. Es la viva imagen de un chaval adolescente. Piernas como palillos, brazos en los que se nota cada hueso, nada de grasa alrededor de ‘ningún sitio’. Llegó a La Vuelta para ayudar a Rigo Urán y ahora está sobreviviendo a una batalla en la que dentro de no mucho tiempo será protagonista.

Ese rol ya lo han adquirido otros dos debutantes en La Vuelta. Tadej Pogacar tiene un año menos que Higuita, 21, pero su 1,76 y las piernas y brazos largos le dan la apariencia de ese adolescente que acaba de dar el estirón. Por ahora amenaza a los teóricos cuatro favoritos.

El único que se sale del guión es el maillot rojo, Primoz Roglic, que también es la primera vez que corre en esta Vuelta. El esloveno cumple 30 dentro de un mes pero su tipo de cuerpo es diferente al resto. Cuádriceps y gemelos más anchos, glúteo más marcado, tren superior que puede recibir ese nombre. Quizás el más pesado de todos los que se van a jugar la Vuelta y sin duda, el que más vatios brutos es capaz de mover. Lo demostró en la contrarreloj de Pau y en todas las etapas de montaña. Por ahora le vale para vestir de rojo y todavía le queda para que la piel toque los huesos. Armas para el futuro…

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