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¿Es ya el sexto monumento? La Strade Bianche, con solo 12 ediciones a sus espaldas, se está ganando entre los aficionados y los ciclistas la categoría de una de las carreras de un día más importantes de la temporada. Para algunos, a la altura de Tour de Flandes o Roubaix. No en vano ya se guarda la fecha de la carrera italiana para no perderse ni un minuto lo que sucede allí. 

Y es que las pistas de tierra blanca de la Toscana han enganchado a aficionados y ciclistas profesionales. Una simbiosis curiosa que no se daba desde hace tiempo. En esta edición de 2018, con la tierra convertida en barro por el diluvio, se unieron aún más la voluntades. Apasionados del ciclismo pegados a la televisión para ver el espectáculo y ciclistas disfrutando pese a las duras condiciones. Benoot, Valverde, Bardet y Van Aert se jugaron el triunfo final después de descolgar a Sagan, Van Avermaet, Kwiatkowski, Dumoulin o Nibali, que se quedó por el camino. Nombres que por sí solos dan prestigio a la carrera. Y que acuden allí con la ilusión de entrar en solitario en la Piazza del Campo, quizás una de las metas mas bellas del profesionalismo.
Esta vuelta al pasado y a los caminos de tierra (en esta edición de Strade había hasta 60 kilómetros de sterrato divididos en 11 tramos) tiene su lógica por el crecimiento del ciclismo vintage. El inicio estuvo en La Eroica, una cicloturista que obliga a sus participantes a ir con bicicletas anteriores a 1987, con ropa antigua y a recorrer las colinas y los sterratos de La Toscana con ellas. Igual que se hacía en los Giros de principios del pasado siglo.

La Eroica, que se celebra en octubre desde 1997 a unos 30 kilómetros de Siena, en Gaiole Chianti, reúne ya a más de 6000 cicloturistas de todo el mundo para hacer sus 209 kilómetros en la versión más larga. Ahora mismo es una franquicia que celebra este tipo de cicloturistas vintage en todo el mundo. Britannia, Hispania, Japon, Punta del Este, California… De su crecimiento surgió la idea de trasladarlo al profesionalismo. Las primeras ediciones, desde 2007, con salida en Gaiole y después con inicio y final en Siena, la ciudad más importante de la comarca.

Foto. La Eroica

 

El ‘renombre’ entre los profesionales lo empezó a cobrar en la segunda edición cuando Fabian Cancellara, que por aquel entonces era la referencia en las clásicas, inscribió su nombre por delante de Ballan, campeón del mundo. Desde esa fecha se ha ganado un hueco en el calendario. Siempre como previa a la Tirreno Adriático y a la Milán Sanremo, que también organiza RCS. Ya la han denominado la Clásica del Norte más al sur de Europa. Por lo alto de su podio han pasado además de Cancellara, que tiene tres victorias y ha puesto su nombre a uno de los tramos, Michał Kwiatkowski, Gilbert y Stybar, y se han quedado escalones más abajo Valverde, Van Avermaet, Sagan o Bardet.

La gran peculiaridad de la Strade Bianche es que está abierta a todo tipo de ciclistas. El sterrato es transitable, aunque este mojado, y no penaliza tanto a los corredores de poco peso como los adoquines de las clásicas del norte, donde es difícil ver disputar a Bardet, Valverde o Nibali. En la carrera de La Toscana se reúne un pelotón que mezcla los clasicómanos especialistas en adoquines, Van Avermaet o Sagan, con los reyes de los muros de las Ardenas, Valverde, Kwiatkowski o Wellens, con vueltómanos como Nibali o Dumoulin.

 

El misticismo de la carrera empieza a llegar cuando los aficionados conocen sus tramos y los puntos clave. El Muro de Santa Caterina, un tramo adoquinado al 12% en el centro de la ciudad de Siena y a solo 300 metros de la línea de llegada se ha convertido en un lugar de referencia. Allí se hacen hueco como pueden los amantes del ciclismo para ver la resolución de la prueba. Es casi imposible conseguir lugar si no llegas dos horas antes.  Allí soltó Cancellara a su rivales y Stybar a Valverde, y en la última edición Van Aert tuvo que subir los últimos 10 metros a pie porque se quedó sin fuerzas. Imágenes que hacen de ese un lugar de culto ciclista.

Antes, La Tolfe ya se conoce como el tramo final de tierra, con una rampa del 18%. El tramo de Santa Maria, con 12 kilómetros y un descenso vertigionoso como el más duro de la prueba y el tramo de San Martino in Grania, de 9,5 kilómetros, como el ‘clave’ para que se rompa el pelotón. Y es que Strade Bianche, pese a tener menos de 200 de recorrido, siempre se hace extremadamente duro, llueva o no. Raro es el año que a las puertas de Siena llegan más de 3 o 4 corredores juntos.


Y para cerrar el circulo Strade Bianche también tiene su versión cicloturista desde hace dos ediciones. Una marcha por los caminos de tierra pero con bicicletas actuales, igual que los profesionales y que ya junta a 5.000 personas. Cicloturismo vintagen, ciclismo profesional y de nuevo cicloturismo.