Bienvenidos a Barcelona, donde la arquitectura es inspiradora, el clima benigno y el ciclismo se ha convertido en una forma de vida. 

En una ciudad que tiene un 60% más de luz solar al año que la mayoría de las ciudades europeas y donde Gaudí dejó una huella arquitectónica notable, no es de extrañar que se la población prefiera un modo de transporte al aire libre. Pero no es la única razón por la que los ciclistas de Barcelona pueden disfrutar de una infraestructura adecuada. La ciudad está trabajando para mejorar la calidad del aire y reducir la contaminación y hacer que su medio ambiente sea más saludable tanto para los residentes de la ciudad como para los visitantes.

Grupo de cycling tour por el centro de Barcelona.

 

Según varios estudios, la contaminación atmosférica por sí sola causa 3.500 muertes prematuras al año en el área metropolitana de Barcelona (con una población de 3,2 millones de habitantes) y tiene graves efectos sobre los ecosistemas locales y la agricultura, lo que ha provocado la necesidad de revertir la situación.

Históricamente, Barcelona se adelantó a su época al tratar de crear un entorno urbano sano. Su original sistema de cuadrículas, diseñado a finales del siglo XIX por Ildefons Cerdà, pretendía crear una ciudad en la que se pudiera respirar, tanto por razones éticas como de salud pública. Con el tiempo, la rápida urbanización ha desbordado las buenas intenciones, pero ahora parece que la ciudad está volviendo al plan original con la salud y el bienestar en el centro.

 

Mientras que ahora la mayoría de las ciudades se están lanzando a encontrar una solución para animar a los ciclistas, desde 2007 Barcelona empezó a crear una infraestructura ciclista acorde con las pretensiones y las necesidades del siglo XXI. Incluían la construcción de carriles bicis y la promesa de hacer 300 kilómetros en el futuro.

Los carriles bicis están fuera de la ciudad vieja de Barcelona y de sus barrios más populares. Están separados del tráfico de coches a lo largo de las grandes avenidas cuadriculadas del Ensanche (donde comenzó el plan) y  de Sant Martí. El resultado no solo es práctico, sino que hace que los ciclistas se sientan cómodos.

Ahora otras ciudades han seguido su ejemplo, pero Barcelona fue la primera ciudad europea en poner en marcha un proyecto de bicicletas públicas compartidas repartidas en 400 estaciones en toda la ciudad.

A woman cycling on a bicycle on the Passeig Maritim, Barceloneta.

 

Estos esfuerzos forman parte de una nuevo plan de movilidad, que reduce el tráfico en un 21% y provoca que las calles secundarias se conviertan en ‘espacios ciudadanos’ destinados al ocio y la cultura. Esto funciona a través de la idea de minibarrios, a través de los cuales fluye el tráfico y dejan el resto de la ciudad para vivir.

La idea es hacer de Barcelona una ciudad para vivir, pero en este proceso uno de los colectivos más beneficiados tienen que ser los ciclistas.